Infectados.

Comercializaron una sustancia que una vez ingerida creaba falsos recuerdos. Un ser apático, de rutinas grises, sin grandes acontecimientos vitales en su biografía, podía generar una memoria basada en hechos grandiosos pero no sucedidos.

Los falsos recuerdos más solicitados eran aquellos que destacaban la fama del individuo, su heroicidad en varios campos (sexual, deportivo, científico, artístico) y su aportación al progreso de la humanidad.

La sustancia se sintetizó en pastillas y se vendía con receta médica. Podían tomarla los pacientes que arguyeran síntomas depresivos, aunque lo normal era que cualquier persona con la autoestima baja accediera al tratamiento fingiendo un estado anímico falso.

Al poco tiempo de su venta en farmacias comenzaron los problemas. Los individuos que asimilaban los nuevos recuerdos exigían de quienes les rodeaban un trato acorde a sus méritos biográficos. Centenares de individuos llamaban a los medios de comunicación para solicitar una entrevista de promoción, acosaban a artistas con los que decían haber mantenido relaciones o exigían una audiencia presidencial para criticar el escaso interés de los políticos en su Nobel.

Ante el peligro de que la sociedad se disgregara en pequeños universos individuales incompatibles con la realidad, se creó un antídoto para borrar los falsos recuerdos. El antídoto, por presiones de los medios de comunicación, a su vez coaccionados por las farmacéuticas creadoras, se puso a la venta cuando aún estaba en fase de pruebas. Pronto se comprobó que sus efectos no eran los que se preveían. Si la sustancia original borraba algunos recuerdos basados en hechos reales para que los inventados se acomodaran a la lógica cerebral, el antídoto borraba la mayoría de las veces recuerdos verdaderos y dejaba intactos los recientemente adquiridos. Los individuos que se habían sometido al tratamiento, aun más desorientados, incomprendidos y agresivos que antes, fueron considerados un peligro que amenazaba al sistema: por improductivos (todos abandonaban sus puestos de trabajo), por perturbadores de la paz social y por ser una carga para la seguridad social, incapaz de asumir los costes de un tratamiento psicológico de reinserción social.

Una vez fraguado el cambio de gobierno, que se gestaba desde el comienzo de la crisis, el nuevo presidente ordenó la evacuación de los infectados (así se les llamó) a una isla desierta, engañando a la población civil (a la que prometió un tratamiento alternativo y revolucionario para los deportados) y a los infectados, a los que convenció de que por fin iban a ser reconocidos de la manera en que se merecían.

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