Conflictos identitarios.

Mi niño interior a veces se pelea a muerte con el adulto al que aspiro ser.
Cuando el conflicto crece me evado y me dejo llevar por las ensoñaciones sexuales de mi adolescente interior.
Algunas noches, el anciano en el que me convertiré invade mi cuerpo y me recomienda que no ignore a mi instinto de conservación, pues soy más frágil de lo que creo.
Mi adolescente interior lo manda al cuerno pero mi niño interior se asusta y llama a voces a mi mamá. La mujer con la que me he acostado esa noche no lo comprende, se viste y abandona corriendo mi cama.
Cuando considero que estas escenas trastornan en exceso mi personalidad, los reúno y les recrimino su improcedencia, les explico que tenemos que entendernos y colaborar por muy convulso que sea este periodo de mi historia personal. Ellos entienden que son un estorbo, un anacronismo o un futurismo fuera de contexto, y se niegan a colaborar en mi propósito, la de fusionarlos en una identidad homogénea, fluida, complementaria en sus partes integrantes.
Salgo a pasear por la noche, el anciano me recomienda que tenga cuidado con los callejones oscuros, el adolescente quiere que queme la noche en un local de baile, el niño tiene sueño, hambre, ganas de ver a su mamá.
Tras apartarlos de mis pensamientos, reflexiono que son como invasores. Impiden que viva el momento a la edad en la que me corresponde, invalidan mis decisiones, anulan mi identidad y germinan en mi interior la semilla de la locura a costa de imponer su tiempo como la opción más cabal a mis circunstancias. Ellos se ofenden, protestan.
No quiero escucharlos, me refugio en un bar para hombres sin alma y pido un coñac. Después de varias copas sus voces se ahogan y puedo ser lo que creo que soy yo.

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Niños rata.

Das un paso hacia atrás, luego otro. Al tercero concluyé el suelo que pisas. Clavas las uñas en la pared y sudas, tus axilas huelen a queso. Los orificios olfativos de los niños rata se dilatan y tiemblan.

La profesora hace un comentario acerca de los especímenes. Niños, la edad de la inocencia, quien fuera tan puro y tierno, bla, bla, bla… Buscas en las paredes alguna reminiscencia punitiva del sistema pedagógico clásico. No hay insecticidas. No hay cepos. No hay látigos. No hay guadañas.

La profesora abandona la clase y los niños se aproximan. Te gustaría romperles el hocico. No puedes moverte. Siempre estos ataques de catalepsia en los momentos más inoportunos.

“No me comáis, soy cataléptico”, aciertas a decir. El olor a queso de tus axilas impregna la sala. Cierras los ojos, por un momento piensas que es tu turno en la charcutería. “Deme doscientos gramos de chorizo”, repites mentalmente. Abres los ojos, observas a una niña rata olisquear tu axila.

Los niños rata son magnánimos. Anestesian la piel con saliva. Mientras devoran tus axilas sientes como si decenas de plumas acariciaran tus organos internos. Los agujeros resultantes son antiestéticos.

El director entra en la clase y pone orden. Ya puedes moverte. Dejas de sudar. Tampoco mana sangre de los agujeros que antes eran tus axilas. Le dices al director: “es que no sabe vd. que soy cataléptico”. Pero el responde: “son niños, están en la edad”. Lo denunciarás a la consejería de educación. Llamarás al ejercito para que acabe con todos estos malditos niños rata. El director te apacigua, “no se apure, peace and love, todo en esta vida tiene arreglo”. Te regala dos quesos de bola que encajan como un puzzle en las aberturas que antes eran tus axilas.

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Infectados.

Comercializaron una sustancia que una vez ingerida creaba falsos recuerdos. Un ser apático, de rutinas grises, sin grandes acontecimientos vitales en su biografía, podía generar una memoria basada en hechos grandiosos pero no sucedidos.

Los falsos recuerdos más solicitados eran aquellos que destacaban la fama del individuo, su heroicidad en varios campos (sexual, deportivo, científico, artístico) y su aportación al progreso de la humanidad.

La sustancia se sintetizó en pastillas y se vendía con receta médica. Podían tomarla los pacientes que arguyeran síntomas depresivos, aunque lo normal era que cualquier persona con la autoestima baja accediera al tratamiento fingiendo un estado anímico falso.

Al poco tiempo de su venta en farmacias comenzaron los problemas. Los individuos que asimilaban los nuevos recuerdos exigían de quienes les rodeaban un trato acorde a sus méritos biográficos. Centenares de individuos llamaban a los medios de comunicación para solicitar una entrevista de promoción, acosaban a artistas con los que decían haber mantenido relaciones o exigían una audiencia presidencial para criticar el escaso interés de los políticos en su Nobel.

Ante el peligro de que la sociedad se disgregara en pequeños universos individuales incompatibles con la realidad, se creó un antídoto para borrar los falsos recuerdos. El antídoto, por presiones de los medios de comunicación, a su vez coaccionados por las farmacéuticas creadoras, se puso a la venta cuando aún estaba en fase de pruebas. Pronto se comprobó que sus efectos no eran los que se preveían. Si la sustancia original borraba algunos recuerdos basados en hechos reales para que los inventados se acomodaran a la lógica cerebral, el antídoto borraba la mayoría de las veces recuerdos verdaderos y dejaba intactos los recientemente adquiridos. Los individuos que se habían sometido al tratamiento, aun más desorientados, incomprendidos y agresivos que antes, fueron considerados un peligro que amenazaba al sistema: por improductivos (todos abandonaban sus puestos de trabajo), por perturbadores de la paz social y por ser una carga para la seguridad social, incapaz de asumir los costes de un tratamiento psicológico de reinserción social.

Una vez fraguado el cambio de gobierno, que se gestaba desde el comienzo de la crisis, el nuevo presidente ordenó la evacuación de los infectados (así se les llamó) a una isla desierta, engañando a la población civil (a la que prometió un tratamiento alternativo y revolucionario para los deportados) y a los infectados, a los que convenció de que por fin iban a ser reconocidos de la manera en que se merecían.

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Moscas y príncipes azules.

Ahora hablas de un príncipe azul que te rescatará de esta rutina gris. Miro a una mosca, que se frota las patas delanteras. Suspiras y preguntas por qué. Yo también me preguntó por qué (¿tiene picor?) Me preguntas si alguna vez encontrarás a ese hombre capaz de interpretar tus emociones y satisfacerlas con una respuesta o acción precisa. Una acción precisa para satisfacer alguna necesidad orgánica, creo que esa es la clave. Miras al horizonte con una pose artificial y me dices que será un animal salvaje en la cama. Las moscas también tienen coitos salvajes, se quedan enganchadas durante minutos, quizá el frotamiento sea una causa o un efecto de esto. ¿Dónde están los hombres de verdad?, me preguntas. No lo sé, pienso, quizá estén en el baño de sus casas, frotándose como moscas hasta eyacular. Entonces me abrazas y me dices que ojalá fuera yo, que qué pena que no sea yo, pues soy el único chico que la comprende. La mosca deja de frotarse las patas y echa a volar.

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La lógica del círculo.

Hablábamos y caminábamos en círculo, para concluir y empezar siempre en el mismo lugar. Un lugar gastado y seguro, donde envejecer era un proceso matemático e infalible. De vez en cuando un acontecimiento interfería en nuestras vidas y nos mostraba una arista peligrosa, una desviación geométrica de la lógica. Entonces teníamos que esforzarnos en delinear nuevamente los planos del círculo, de manera que la circunferencia no se deformara y nos llevara por caminos angustiosos e incomprensibles.

Para que nuestra vida formara un círculo, leíamos todos los días un guión cuadrado. Los puntos del guión solían ser el sol y el frío, el telediario, la hipoteca, el misionero, la quiniela, el lumbago, el vecino loco del quinto, salvar a los niños de la tele del hombre de los caramelos, criticar a los amigos tontos que, al contrario de nosotros, no habían ido a la universidad, salvar a las chicas de la tele del violador psicópata, comprar pan y mermelada para el desayuno, cantar la canción del supermercado, cambiar los muebles de lugar cada tres meses y colocarlos como estaban hace seis y otros acontecimientos de apariencia vulgar pero vitales para el engranaje de la circunferencia.

Hubo días en el los que el círculo pareció desvanecerse, como el día del terremoto. El televisor se rompió y no funcionaba internet, la comida se estropeó porque se interrumpió el suministro eléctrico, y se acabaron las benzodiazepinas en el peor momento.  Tuvimos que llamar a un programa de radio para quejarnos de lo mal que funcionaba el gobierno. Era sábado y tocaba misionero, pero solo pudimos acurrucarnos bajo las mantas con los cascos de la bicicleta sobre la cabeza por si acaso el techo de la habitación cedía.

No obstante, un orden divino siempre ponía las cosas en su lugar y el círculo volvía a erigirse como el camino a seguir. En realidad, usábamos un truco. Cuando las cosas iban muy mal hacíamos fuerza, es decir, nos cogíamos de las manos, tensábamos los brazos, comprimíamos las mandíbulas y hablábamos de entes superiores: dios, el periódico, la televisión, los jueces, el gobierno, que a través de alguna acción concreta retorcerían a la tozuda realidad y la reconducirían a su ruta cíclica.

No puedo hablar mucho de los días en los que la geometría empezó a variar porque el sistema nervioso me falla. Un día mi banco se quedó con nuestros ahorros, con los de mis vecinos, con los de todos los habitantes de mi país. El dinero era el compás del círculo. Pasamos hambre y algún tiempo en algunas clínicas especiales. Mi mujer se enamoró de un enfermero. Una vez que se fractura levemente un círculo, todas las certezas se derrumban, todas las líneas se transforman en segmentos abiertos hacia el vacío y el sistema lógico se convierte en caos.

Hace tiempo que tracé otra línea, que aún no es un círculo. Vivo en otro país. Trabajo y gano dinero. Busco mujer. Quiero empezar otro círculo porque a una determinada edad uno ya no sabe vivir de otra manera.

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Dilemas de amor y rutina.

El hombre pensó que existían tres posibilidades:
a) Decirle a la mujer que pensaba en ella siempre, que no podía vivir sin ella y otros tópicos de enamorado incauto.
b) Decirle a la mujer que no deseaba verla, pues el amor que sentía por ella hacía empequeñecer el resto de las cosas, lo que era incompatible con su moral de vida.
c) No decir nada a la mujer y dejar que todo transcurriera sin dramatismos superfluos.
Eligió la segunda opción. Ella aceptó su decisión sin sorpresa, puede que con alivio. Él, en cambio, no se sintió bien con su manera de actuar, y se comportó como si hubiera optado por la primera elección, agasajándola o recriminándole minucias cada vez que la encontraba, mostrando una actitud amorosa en la que frecuentemente perdía la dignidad. Ante esta situación, ella meditó tres posibilidades.
a) Comportarse como si nada sucediera.
b) Aceptar al hombre en calidad de perro fiel, a sabiendas de que podría utilizarlo con fines afectivos en los periodos de baja autoestima.
c) Enviarlo en voz alta al país imaginario de las heces.
Optó por la primera opción, aunque en ocasiones de debilidad aplicara con él el segundo o el tercero de los enunciados. Así transcurrió un tiempo en el cual pudieron suceder tres finales, que pueden elegir, a modo de conclusión de este cuento, quienes ahora leen.
a) Se comportaron de igual manera hasta el final de sus vidas, como actores de una rutina infame.
b) El hombre se cansó de si mismo y, desengañado, ingresó en una orden sectaria basada en la flagelación como camino para conseguir el amor de dios.
c) La mujer se juntó con él por compasión de si misma, ya que no encontró a nadie menos malo con quien compartir su vida.

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